MAGRITTE Y YO (the lovers)

Magritte y sus amantes… Y yo

Aún recuerdo la primera vez,
nuestra primera vez,
aquella vez en la que tú
dejaste de ser aquella tú,
aquella vez en la que yo
dejé de ser aquel asustado yo…
y ambos fuimos, al fin, eso
que ahora todos llaman…
nosotros.

magritte y yo

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PIKU, EL OSO QUE QUERÍA SER OTRA COSA QUE NO ERA (cuento)

Piku era un osito que vivía en el bosque de los fresnos cabizbajos, ese bosque mágico donde los animales vivían alejados de los peligros del hombre, y donde todos eran felices respetando a los demás, independientemente de la especie a la que pertenecieran.
Pero Piku no era como los demás osos… Ni siquiera era como los demás animales del bosque. A Piku le encantaba observar todo lo que había a su alrededor, y de todo quería aprender siempre algo nuevo.
El problema de nuestro amigo Piku era que no solo se conformaba con observar y aprender, sino que también llegaba a envidiar todo lo que veía.
Cansado como estaba de permanecer siempre en el mismo lado del bosque con sus hermanos osos, que solo sabían pescar en el río y dormir bajo la sombra de los árboles, decidió alejarse y buscar una nueva especie que fuera más con su forma de ser y, sobre todo, con sus deseos.
-Mamá, yo no me siento un oso como vosotros
-¿ah no? – preguntó su mamá sonriendo – ¿y cómo te sientes?
– no lo sé, pero estoy seguro de que yo no soy un oso. La vida de los osos es muy aburrida, así que me voy a encontrarme
-vale hijo – le dijo su mamá, sonriendo – pero no te vayas muy lejos.
Ese día Piku salió de su lado del bosque, como hacía siempre, pero esta vez fue un poco más lejos… Aunque tampoco mucho.
Junto a los zarzales de los viejos sabios (los ratones) observó a unas abejas revoloteando alrededor de unas flores. Piku las observó durante varias horas, escondido, llegando a sentirse como una abeja más. Como ellas, él también revoloteó alrededor de las flores, imitando su vuelo, olisqueándolas, moviendo sus manos como si fueran alas.
Las abejas sonreían al verle, pero no le veían peligroso, y le dejaban estar. Piku ya se sentía una abeja más, y hasta se atrevió a seguirlas hasta su panal, y, como ellas, también intentó meterse.
Pero Piku era demasiado grande, y por eso metió la mano y cogió rica miel que no tardó en comer. ¿Sabes qué pasó entonces?
Las abejas, muy enfadadas con Piku, comenzaron a revolotear sobre él y picotearle con sus aguijones mientras Piku iba relamiendo sus manos repletas de rica miel.
¡Qué dolor más grande!
Piku corrió por el bosque, pero las abejas no dejaban de perseguirle, picoteándole, y corrió y corrió hasta llegar al lago, donde se tiró de cabeza. Desde el fondo podía ver las abejas esperándole en la superficie. El aire empezaba a faltarle y él no podía respirar.
Agarrado a los juncos para no subir a la superficie, observó el fino y largo tallo que sobresalía del agua. Fue entonces cuando se le ocurrió una brillante idea.
Piku arrancó el junco más gordo y largo e hizo un tubo para poder respirar.
¡Funcionó! Piku pudo sentirse como un anfibio o un pez más de ese lago.
Allí permaneció tranquilo, a la espera de que las abejas, esas a cuya especie perteneció por unas horas, se marcharan.
Esperando que se marcharan nuestro amigo Piku pudo ver un banco de cangrejos de río que pasaban a su lado. Los cangrejos, muy graciosos, caminaban lentamente, recogiendo con sus pinzas todo lo que iban encontrando, y Piku quiso ser como ellos.
Así, durante un buen rato los siguió, imitando sus movimientos, y haciendo como ellos. Con ayuda de su tubo pudo respirar, y con sus uñas jugó a imitar a esos graciosos cangrejos que cogían todo con tanta fuerza.
Observándolos detenidamente vio que esos cangrejos estaban haciendo una especie de casita con restos de palos, de hierbas y de todo lo que iban encontrando. Cada uno cogía lo que podía, y todos lo iban depositando para que el que parecía ser el maestro ingeniero fuera colocándolo formando lo que, sin duda alguna, sería su casita.
Piku, observando un trozo grande de tronco decidió colaborar para la construcción de la casa de sus iguales, y así fue hasta él, abrió sus dedos y formó una pinza con la que poder arrastrar el tronco. Con dificultad por culpa del tubo y de que sus pinzas no eran aún muy fuertes llevó el tronco hasta la casita, dejándolo caer.
El pobre PIku tuvo tan mala suerte que el tronco cayó sobre la casita destrozándola.
Fue entonces cuando todos los cangrejos (no habría menos de cien) corrieron hacia él amenazándole con sus pinzas, y Piku tuvo que huir a toda velocidad mientras alguno que otro conseguía pellizcarle en el trasero o en su patita.
Por suerte nuestro amigo PIku pudo salir del agua pero los cangrejos aún seguían tras él, por lo que no pudo mas que subirse a un árbol para evitar sus picaduras.
Desde arriba podía verles. Los cangrejos intentaban subir, pero no podían, y amenazaban con sus pinzas mientras nuestro amigo Piku se relajaba sobre el tronco del árbol sabiendo que esos que fueron de su especie no podrían hacerle daño.
Fue allí arriba cuando Piku se fijó en otra especie que llamó su atención. Eran esos animales extraños que volaban gracias a sus alas.
Estaban en el árbol contiguo lo que le permitió observarles con detenimiento. Cada uno de sus movimientos fue estudiado minuciosamente hasta comprender que él tenía que ser como ellos.
Si esos animales podían volar con esas alas tan pequeñas, él podría hacerlo más alto si conseguía que sus largas manos tuvieran alas también.
Pegando las hojas del árbol a sus manos se fabricó unas extrañas alas, y se decidió a volar como ellos y poder así buscar gusanos para poder comer.
Reuniendo mucho valor para vencer al vértigo nuestro amigo Piku fue capaz de saltar, y comenzó a mover sus brazos con mucha fuerza pero…
¡No pudo volar!
Al final nuestro amigo, saltó y cayó sobre el nido de los pájaros, tirándolo al suelo donde después lo aplastó con su propio peso. La caída fue muy dolorosa, pero nuestro amigo tuvo que correr porque los pájaros le seguían para hacerle pagar por el destrozo.
Los cangrejos, que también estaban por allí, le siguieron también, lo mismo que las abejas, y Piku corrió y corrió hasta llegar al final del camino, donde estaban sus hermanos osos, que no dudaron en socorrerle.
De pronto, su papá, que estaba medio dormido – como siempre – alzó sus patas, abrió su boca y lanzó un rugido que asustó al mismísimo Piku.
De un estruendoso grito su papá hizo que las abejas, los pájaros, y, sobre todo, los cangrejos de río, se dieran la vuelta y corrieran despavoridos, mientras nuestro amigo Piku observaba la fuerza de su papá y el miedo que provocaba en los demás.
Fue entonces cuando comprendió que ser oso no tenía porqué ser aburrido si él no quería que así fuera, y que lo realmente aburrido sería pretender ser algo que no podía ser.
Desde ese día, Piku se dedicó a pescar, a cazar, a hacer casas para sus amigos y hermanos, a bucear para encontrar más peces, a subir a los árboles, y, sobre todo, que era lo que más le divertía, a asustar a todos los animales del bosque con sus “oseznos rugidos”.

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LA PRIMERA VEZ… CONTIGO (intento)

Aún recuerdo la primera vez,
nuestra primera vez,
aquella vez en la que tú
dejaste de ser aquella tú,
aquella vez en la que yo
dejé de ser aquel asustado yo…
y ambos fuimos, al fin, eso
que ahora todos llaman nosotros.

Aún recuerdo aquella vez,
aquella en la que ambos
nos hicimos agua y saltamos
aquella cascada del miedo
que tantos vértigos ofrecía
pero que también dibujaba
anhelos, nervios y pasión.
Aún recuerdo el salto vacío
de aquella abrupta cascada
que nos llevaría hasta esa calma
que descansaba esperándonos
allá abajo, bajo las rocas,
donde los peces dormían
esperando nuestro chapoteo.

Aún recuerdo aquella vez,
y el sabor de su agua dulce y fría,
y aquel violento salto al vacío,
y el dulzor del vuelo del ángel,
y cómo me sentí pájaro al fin
y cómo caí en esa agua cálida
en la que aún sigo nadando
en las calurosas noches de este
constante verano que eres tú.

Aún recuerdo aquella vez
en la que tus ojos apartaron al fin
esas lágrimas emocionadas y pulcras,
sin dobleces, sin pretensiones extrañas,
y sonrieron por primera vez
mostrándome el claro significado
de la palabra mujer.

Aún recuerdo aquella vez
en la que esa niña que eras
salió del campo de mantos floreados
donde vivía inocente y limpia,
y se disfrazó al fin de mujer…
y de diosa, y de canción
y de poema, y de cuadro…
y se vistió de ti…
De esta tú

Aún recuerdo aquella vez
-¿cómo olvidarla? –
en la que tus besos y caricias
se hicieron pecado,
y en los que disfruté del arte
del pecarte sin pensar
en otra cosa que en los colores
que me mostraste a través de tu cuerpo,
en el azul de aquel cielo
que pintaste para envolverme,
en el verde de aquella hierba
que cortaste para que durmiéramos,
y en el rojo de aquel infierno
del que no quería salir.

Aún recuerdo aquel día
que la Cola dejó de refrescar,
que el caramelo dejó de endulzar,
que el fútbol dejó de apasionar,
y que los libros dejaron de mostrar
la cara de otros personajes
que no fueras  tú…
Aún recuerdo aquella vez
en la que tú te hiciste todo:
sabor,
olor,
pasión…

Aún recuerdo aquella vez
que bebí de los senos rosados
de tu fuente de piedra joven,
de esos senos aún dormidos
que escanciaban leches
con miles de sabores distintos,
que solo a mí saciaban.

Aún recuerdo aquella vez
en la que reuní todo el valor
para enfrentarme a aquel oso
que se creía dueño de tu cueva.
Aún recuerdo aquel duelo,
con mordiscos, gritos, calores,
sudor, sangre y frío
y como ese oso fue vencido
y pude hacerme dueño al fin
de su madriguera vigilada
para dormir en su interior.

Aún recuerdo aquella vez
que conseguí recorrer sin ayuda
el desierto que era tu cuerpo
hasta llegar a aquel oasis
donde el agua daba color
a una tierra manchada de hierba.
Aún recuerdo el aroma
de aquella hierba que no arranqué,
y donde dormí, abrazado a ella,
recibiendo el aroma de la primavera
que tanto deseaba.

Aún recuerdo aquella vez
en la que hacer el amor
dejó de ser una frase hecha
para hacerse tan real
como tú eras
cuando aparecías a mi lado.

Aún recuerdo aquella
nuestra primera vez,
y la recuerdo real,
como si fuera reciente,
como si acabara de ocurrir…
como si nunca
hubiera terminado…
como si hubiéramos sido capaces
de vencer a la noche
en la que aún habitamos.

Aún la recuerdo, amor mío,
aún recuerdo aquella primera vez,
y la recuerdo perfectamente
porque ha vuelto a ser esta noche,
veinte años después.
Aún recuerdo aquella vez,
nuestra primera vez…
Es lo bueno de estar a tu lado…

Contigo…
Siempre es la primera vez.

(AH, QUE ESTO ES SOLO UN INTENTO, COMO UN RELATO MÁS. NO ES PERSONAL)

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DESVARÍO MENTAL EN TORNO A UN CUADRO: EL BESO

Ese día entré en el museo emocionado, como suele pasar cuando entras a un sitio deseado por primera vez. Ella me acompañaba – como siempre – y cada uno iba viendo su cuadro, oyendo la guía a la espera de la explicación.
Frente a este cuadro de los dos amantes besándose me quedé largo rato, sin saber qué hacer o pensar, tan solo absorto en sus colores, en sus brillos y en ese gesto tan claro y contundente. Hasta tal punto anduve absorto que hubo un momento en que creí ver los dedos de esa mujer moviéndose sobre el hombro de su amado.
No me asusté. Todo lo contrario. Al rato, creo que unas lágrimas se deslizaron por mis mejillas. Miré a un lado y otro de la sala, y ella no estaba por allí. ¿Se había quedado en otra sala, o se había metido dentro de ese lienzo?
No pude irme – ni quería hacerlo – y permanecí allí, en solitario, como si supiera que algo iba a suceder.
Las manos de ambos amantes me retuvieron un largo tiempo. La forma de abrazarse no era propia de dos modelos medievales, sin vida, lejanos… Él, sosteniéndola por la cabeza con sus dos manos, ella abrazándolo por el hombro y la espalda… y el beso, eterno, contundente, de esos que son de verdad.
Ese era, sin lugar a dudas, un beso esperado y deseado, un beso furtivo, de esos que se dan dos amantes a los que no les está permitido compartirse.
Me gustó el gesto que adquiere el cuerpo y las formas de las manos cuando uno besa con el alma, como ellos estaban haciendo.
Entonces todo tomó vida en ese cuadro, que dejó de serlo para convertirse en una ventana indiscreta ante la que permanecí inmóvil y emocionado.
Las manos de ese hombre acariciaban y apretaban los mofletes sonrosados de esa mujer que me daba la espalda, pero de la que podía percibir ya su aroma… un aroma muy conocido. Y, de pronto, no sera solo olor lo que sentía, sino también la humedad y el sabor de sus labios y ese músculo que siempre guarda para mí.
Sí, querida, esa mujer eras tú. Esa era tu espalda, ese era tu pelo, esas eran tus manos, y, sobre todo, esa era tu boca.
Él dejó de besarla, de pronto, como si supiera que alguien los espiaba, y me miró por entre los mofletes de ella. Después de sonrojarme – ruborizado y asustado – me sonrió.
Le reconocí de inmediato, a pesar de no ver mas que sus ojos, porque solo alguien como él podría besarte con tanta pasión. Solo alguien como él podría decirte esas cosas que te dijo mientras volvía a mirarte a los ojos para volver a unir vuestras bocas.
– Te quiero todo – te dijo, antes de volver al néctar de tus labios
– Y yo – dijiste, y volviste a besarme, con esa pasión con la que solo tú sabes hacerlo mientras alguien golpeaba en mi espalda para hacerme volver a la realidad de aquella salay de aquel cuadro sin vida.
– ¿Qué te pasa, cariño? – me dijo ella, abrazándome por detrás, entrelazándome con sus manos sobre mi pecho mientras sus labios besaban la parte trasera de mi cuello – ¿te gusta el cuadro?
Eras tú, la misma del cuadro, pero tu piel ya no era un lienzo. te abracé y dejaste que te besara, y el cuadro se convirtió en un espejo.

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SU ESPALDA (INTENTO)

Aunque  intenté  ocultarlo,
no pude alejar de ti – ni de mí –
esa mirada que gritaba
deseos incontrolados por besarte,
mientras mis dedos viajaban por ella.
Y te convertiste en vino.
Y yo en mesa.
Y se derramó la botella,
y el vino se esparció, embriagando
la mesa con el afrutado sabor
de la uva pisada.
Pasó lo que tenía que pasar.
Pasó lo que tanto queríamos que pasara,
y después los dos nos quedamos
en silencio para no dañarnos.
De ese precioso día te recuerdo
tumbada en silencio,
intentando encontrar lo que decir…
incluso lo que pensar.
Y me diste la espalda con timidez.
No pude dejar de mirar esos lunares
que bañaban tu espalda,
imaginando tus lágrimas,
soñando tus miedos…
y alejándolos…

TODO EN WORD…………………TU ESPALDA (intento blog)

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MI BODA: microrrelato (dibujo de Luiyi)

Siempre me gustó la música de las iglesias, con sus tonos sombríos, con esos órganos tétricos que obligan al alma a alejarse del cuerpo para volar hasta esos altares repletos de figuras siempre amenazantes que parecen recordarte que tu vida no es sino algo prestado y que, al final, tienes que devolver.
Esta vez suena igual de intensa, pero su musicalidad es suave y amena, como los dedos nerviosos que juegan como lombrices atrapadas por la tierra mojada de mi mano sudorosa.
Miro a la portadora de esa falange, incapaz de reconocer su rostro tras el velo blanco que lo cubre. Bajo esas telas ondulantes y calientes, repletas de ricos adornos que para nada necesita, se esconde esa boca nerviosa que tantas veces me ha alimentado.
Me sonríe nerviosa, y veo lágrimas en esos ojos con pretendido candor. Esos ojos parecen esconder todas las letras de la palabra amor.
Te quiero – me susurra emocionada. Tanto que es incapaz de repetirlo.
Mi cuerpo se convulsiona y mis ojos dejan escapar también una lágrima. Solo una. Después se aleja la espiritualidad musical, y mi alma vuelve a ese altar donde el cura habla de amor, confianza, lealtad… y de toda una vida en común.
Una figura de piedra sobre una cruz me mira desafiante, como si fuera el único capaz de comprender el motivo de mis lágrimas. Ella seca la lágrima de mi ojo, y me repite la frase.
Te quiero – ahora sonríe al decirlo mientras su labio inferior vibra graciosamente.
Yo no puedo decirle nada. Me siento incapacitado para mentirle… Allí no.
Ojalá tuviera valor para decírselo, pero creo que ya es demasiado tarde para suspenderla.
¿Por qué no morí en aquel momento álgido de la belleza, y  no haber  dejado llegar un momento como este…? Un momento que quisiera borrar de mi futil memoria.
Pero sigo aquí, errante, alimentándome del amor de un fantasma, que es como ella se presenta ahora ante mí.
-¿Eh? – pregunto extrañado, casi sin voz, con lágrimas que llenan el dique de mi dolor, haciendo que sobresalga en forma de cascada.
-sí… Acepto.
Ella aprieta mi mano y me sonríe, susurrándome esa corta frase que lleva regalándome los últimos diez años de mi vida. Yo sigo sin poder hacerlo.

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LA MASAJISTA (relato erótico)

  1. Hacía bien poco que me llegué a esa nueva ciudad donde, por fin, había conseguido un trabajo que me gustaba. Mi vida empezaba de nuevo, y era una época llena de esperanza después de mi reciente separación. La ciudad era muy grande, casi millonaria, y esos primeros días vivía en una pensión muy limpia donde apenas paraba mas que para dormir. Aún no conocía bien el barrio, y por las tardes paseaba por las calles cercanas a mi edificio, viendo gente, oliendo, oyendo…

Al día siguiente comenzaba a trabajar en una cafetería pequeña, propiedad de un viejo hombre, cansado de tanto trabajar, y que había accedido a contratarme sin apenas realizar una entrevista de trabajo. Le gusté. O eso me dijo.
Paseando por las calles de ese gran barrio algo llamó mi atención. Fue al pasar frente a un lujoso centro de estética cuando vi a esa hermosa mujer, fumando un cigarro en la puerta mientras hablaba por teléfono. Me acerqué al escaparate y vi que había una oferta especial en la que te hacían la depilación láser y además te daban un bono para unos masajes que hacían allí mismo. Disimulando frente al escaparate  la observé, y ella también me observaba a mí, pero ninguno dijimos nada.
Era una mujer de verdad, de unos cuarenta años, de largo pelo rojizo, cara angelical, de grandes ojos claros y con una eterna sonrisa en su cara que la hacía más bella aún.
-Oye, perdona – le dije, acercándome a ella tímidamente – ¿cuánto vale hacerse la depilación en las axilas?
– pues depende – me dijo ella
– y lo de los masajes… ¿cómo va? – le pregunté
-pues como lo lees –dijo ella, muy risueña – si te haces la láser te damos un bono para un masaje gratuito. ¿Te interesa?
-pues sí – le dije – ¿podría hacerlo ahora mismo?
– sí, si no te importa esperar un momento… Las cabinas están todas ocupadas, pero mientras te puedo hacer la láser si quieres. Estoy libre…”

TODO EN PDF………………..la masajista _PARA EL BLOG_

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