YA CUANDO NACÍ (relato de amor ¿o amistad?)

 

Ya cuando nací él estaba ahí, sin nadie que lo invitara, como un hijo del destino, como un hermano impuesto, al que siempre tendría que querer… ¡Por obligación!
Ahora todo es distinto. Si hasta parece otra persona… ¿Y, acaso, no lo es?
No me lo puedo creer aún. ¿Cómo ha podido atreverse  a hacerlo?… y, ¿por qué lo ha hecho?
¡Dios mío, qué mal me siento!
El piso da vueltas a una velocidad vertiginosa – ¿o soy yo? – la cama vuelve a ser incómoda, como lo era cuando la compré y no pude compartirla con nadie.  Me siento fatal. Siento náuseas, y no sólo físicas, y es que mi vida empieza de nuevo… Otra vez… ¡Ahora que creía tenerla bajo control por primera vez!
Hacía tanto tiempo que no nos veíamos que ambos nos sentíamos mal. Por eso hemos hecho un hueco en nuestras apretadas agendas… Solo para vernos, como hacíamos cuando éramos más jóvenes, y más personas.
La cena, como siempre, ha sido encantadora. Como siempre hemos tomado ese jamón que tanto nos gusta desde niños, una ensalada de aguacates que nos devuelve a nuestra infancia, y ese postre de leche frita que tan bien hacía su mamá, y que tantas tardes tomamos juntos mientras hacíamos los deberes en su habitación repleta de muñecos japoneses.
Creo que no deberíamos haber tomado tanto vino. Seguramente, mañana aparecerá en nuestra hora de trabajo. Sí, definitivamente, hemos bebido más vino del que hubiéramos debido.
¿Habrá sido el vino?… ¡Uf, qué mal me siento!
Después de la cena me ha traído a casa en su nuevo coche, pero no ha dicho nada. Ha sido curioso, pero ha sido, salir del restaurante, y su conversación ha desaparecido. Le he preguntado si le pasaba algo, pero no me ha respondido más que con esos bostezos tan típicos de su nerviosismo… esos que nacen siempre que está nervioso por algo.
Después me ha acompañado hasta la puerta de casa y nos hemos despedido. Cuando he abierto la puerta, me he vuelto para darle un beso de despedida, y él me lo ha devuelto… ¡Con creces!
¡Me ha besado en los labios,  por primera vez en más de cuarenta años juntos, y aquí estoy yo, en esta vasta cama, incapacitada aún para creer, o siquiera entender, lo que ha pasado.
¿Qué hora es?… ¿aún las dos? ¡No pasa el tiempo!
Al sentir sus labios sobre los míos me he asustado, pero me he dejado llevar, abriendo mi boca. ¿Por qué lo he hecho? ¡Seré tonta!
Por suerte me he dado cuenta a tiempo, y le he empujado… ¡Y menudo empujón le he dado! En su cara he visto auténtico pavor, como aquella vez que le suspendieron en selectividad y lloró amargamente, aterrado ante la idea de comunicárselo a la buena de María. Aún recuerdo que tuve que ser yo quien se lo dijera, y también recuerdo que me regañó a mí más que a él… ¡Como si yo hubiera sido la culpable!
¿Por qué lo has hecho? – le he preguntado, aún con el extraño sabor de sus labios.
Él no ha sabido responder – o no ha querido – pero mi insistencia, e incluso el inicio de mis lágrimas, le han hecho responder.
¿Por qué ha dicho que me ama?… ¿Acaso se ha vuelto loco?.
Me ha desconcertado, y no he podido más que abofetearle.
¡Y tanto que le he abofeteado! Es que, me he sentido… ¿engañada?
Al ver su expresión de pavor, y su incapacidad para encontrar una sola palabra coherente, le he echado de casa y me he encerrado en mi propia casa… ¡Para nunca más salir!
Pero ¿cómo se ha atrevido? Y yo, tonta de mí, me he dejado besar, llegando incluso a disfrutar del sabor de su boca…
¿Qué hora es?… ¡Joder, ya son las tres!
A Carlos lo conozco de toda la vida. O puede que más.
Ya cuando nací él estaba allí, a mi lado, con solo un mes más que yo, observándome y, desde entonces, cuidándome.
Fue él mi primer compañero de colegio. Aún recuerdo cómo íbamos cogidos de la mano, vestidos con ese babi azul y blanco, con nuestras carteras de cuero colgadas de la espalda, y con esos libros “Senda”. Nuestras mamás, caminando tras nosotros, no dejaban de repetir frases tontas mezcladas con lágrimas de emoción:
-Mírales, qué monos – decía una sonriendo
-parecen una parejita de novios – decía la otra, llorando
-qué mayores se nos hacen.
En el colegio fue mi compañero de clase. También lo fue de pupitre, en esa vieja guardería que hicieron  en aquella casa destartalada, y aún sin terminar de construir.
Era entonces él quien me cambiaba sus galletas con dibujos de Heidi por unas “María”, que ni siquiera llevaban ese nombre. Y siempre con una sonrisa amable.
Fue también él mi primer amigo en el parque, con el primero que monté en el tobogán, con el primero que me revolqué por el barro. Fue también él quien soportó la primera regañera de mi mamá… ¡Qué bueno fue al hacerse pasar por el que rompiera aquella maceta que tanto le gustaba!
Fue con él con quien aprendí a montar en bicicleta. Aún recuerdo su Monty, de color amarilla, casi dorada, y con ruedas también amarillas. Las chicas no podíamos tener una, y él me la dejaba siempre que yo se la pedía, que era todos los días, sin importarle la burla de los demás chicos al verle montado en una bicicleta de niña.
Fue de su brazo del que entré en el instituto. Ese día se llevó las “becerradas” que me correspondían a mí, siempre salvaguardándome.
Fue, después,  a él, a quien también le conté mi primer beso con mi gran amor.
David nunca le gustó, y nunca lo entendí. Carlos no era de esos que pudieran tener celos porque sí. Me di cuenta tarde.
Fue a él a quien le pedí consejo ante mi primera vez – que sería también con Juan. Y me aconsejó bien – muy bien – pero, una vez más, no le hice caso.
Fue a él a quien primero le conté ese mi primer encuentro con el sexo. También le conté el segundo, y el tercero… y el décimo. Fue él el que supo de mi primer orgasmo – ni siquiera Juan lo supo nunca. Tampoco le importó. También fue él el primero y único en saber de mis chascos sexuales, del poco placer recibido durante esas primeras veces.
Fue también él el primero que me advirtió de las andanzas de Juan. Nunca me dijo que se veía con otras, aunque lo supiera… Y todo por no hacerme daño.
Él era mi confidente, algo más que mi mejor amigo. Él estaba por encima de eso, en otra categoría.
Fue también él – a su pesar – el testigo de mi boda con Juan. Tiempo después, fue también el padrino de mi primer hijo.
También fue él el primero en saber que Juan me seguía engañando. Y me lo ocultó por mi bien hasta que no pudo más. También fue él el primero en saber que Juan me pegaba cuando llegaba borracho a casa.
Fue gracias a él que fui capaz de dejar ese infierno que yo llamaba hogar, y fue también en su casa donde me refugié.
Fue él el que le pegó a Juan una noche de invierno, a la salida de una de sus juergas en el puticlub de moda. Eso nunca lo supe, pero ahora lo temo. La policía dijo que, por la cantidad de golpes, tuvieron que ser más de uno. Juan no recordaba nada porque iba demasiado borracho, pero yo lo vi todo claro en su mirada… La mirada de Carlos era como la mía, transparente.
¡Joder, aún son las tres y veinte!
Y ahora, cuarenta años después de todo, me besa y me dice que me ama.
¿Por qué no me enseñó nunca a comprender que yo también lo he amado siempre, sin siquiera saberlo?
Es ese beso el que no me deja dormir, no su mirada. Es el beso más hermoso y tierno que he recibido nunca. Ha sido como ese beso que Bogart dio a Hepburn, y que sentí como si fuera mío cuando era una adolescente.
No puedo seguir así. No puedo. Tengo que hablar con él… pero ¿cómo? ¿qué? ¿cuándo?
Mejor con el móvil. Le mando un SMS. Será lo más rápido, indoloro, y lo más adecuado para un momento tan tenso.

“Me estás haciendo sufrir ¿sabes? Si me amas de verdad respóndeme. Si no, si es solo un capricho pasajero, será mejor que no contestes. No quiero sufrir más. Tú no, por favor. Ya sabes que no estoy preparada para sufrir otra vez”

¿MANDAR SMS?
ACEPTAR

No contesta. Y son ya… ¿las siete de la mañana? No contesta.

¡Dios mío!… Es verdad que me ama.

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Acerca de josamotril

mi blog solo de relatos: https://josaliteraria.wordpress.com
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