EL ÚLTIMO DE MI ESPECIE (EL ÚLTIMO ROMÁNTICO. IV)

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¿Y si después de todo no he sido tan malo como yo mismo he creído siempre?
Sé que es un poco tarde para hacerme esta pregunta, pero es hoy, precisamente en el día de mi septuagésimo primer cumpleaños, cuando me la planteo por primera vez y se dibuja una sonrisa en mi cara.
¿Será porque por primera vez la respuesta no es la que yo mismo esperaba?
Seguramente todo se debe a ella, la mujer que me acompaña, que es quien me ha convencido de que no soy una mala persona, eso de lo que todos hablan con esa falta de escrúpulos, aunque nunca haya podido cotejarlo porque a nadie he conocido nunca más de una hora, un día, o una semana, aparte de la gente con la que llevo conviviendo en la residencia ya casi dos años.
Ni siquiera en mi infancia tuve un solo amigo que no fuera esa madre que me maltrataba.  Y fue allí, en esa infancia cruel, donde se forjó mi huraño carácter, mi eterna soledad, y ese dolor que nunca me ha abandonado… ni siquiera hoy.
He oído a muchos hablar de su infancia. Unos lo hacen bien, otros mal… y yo, de todos me río.
La mía no fue difícil, ni siquiera estuvo marcada por la desgracia… la mía fue un auténtico infierno del que aún no he podido salir.
No había cumplido aún los siete años cuando fui abandonado por una madre que me daba más palos que abrazos, y alejado de un padre al que nunca conocí, ni del que siquiera supe su nombre
Después – aunque nadie apostara un solo céntimo  por mí – me hice mayor,  y en esa mayoría de edad me cobijé, borrando capítulos de mi vida que no quise recordar porque no los quise tampoco volver a vivir.
Una vez escuché – quizás sea la única frase que guardo en la herencia recibida de mi madre – que recordar es vivir…
Será por eso que he preferido estar muerto tanto tiempo.
Y ahora, setenta años después, he vuelto a despertar, y aquí me encuentro, ante el que sin duda será el último capítulo de esta macabra historia que no me pertenece a mí, sino al último de los míos… al último de mi especie.
Y no sólo es este sólo el último capitulo. También es el más interesante y el que – sin saber porqué – pondrá el punto y final a una vida marcada por el desamor, por la zozobra, y también por el miedo.
Este capítulo empieza en medio de una calurosa noche de Junio, en un viejo geriátrico situado a las afueras de la ciudad donde vivo desde hace ya más de dos años. Además, esta noche es precisamente la de mi septuagésimo primer cumpleaños.
Los gritos de Quincoces, el vecino de la doscientos once, han vuelto a despertarme, como ya viene sucediendo durante los últimos cinco meses.
Sus estridentes gritos – tan agudos y chirriantes como los de una ana gata en celo – me  llevan de nuevo a ese estado de locura transitoria que quiero detener, y hacen que me obligue a mí mismo a recuperar una serenidad que necesito y ansío.
Sus gritos histéricos, de vieja loca poseída, son ya parte de mi vida en el geriátrico, pero aun así no termino de acostumbrarme a ellos… y siempre me despiertan, pintando mi habitación del color del mal humor.
Quincoces es un viejo resentido, maniático, y con serios problemas de salud. Su familia, cansada de luchar, decidió encerrarle en la residencia junto a otros de su especie, y que fueran ellos los que lo sufrieran.
¡Y vaya si lo sufrimos!
Durante el día, aprovechando su envergadura y su corpulencia, es el amo y señor de los salones de juego, del patio, y del comedor. Por las noches, sus continuas pesadillas, le hacen gritar y llorar como un niño pequeño, llegando incluso a perder el control del esfínter, lo que le hace despertar de peor humor.
Y una vez más, como sucede todas las noches, vuelven a despertarme sus gritos y sus lamentos.
Pero esta noche es diferente a las demás. Si hasta sus gritos parecen otros, y todo por ese olor que me acompaña y del que no me quiero desprender ya nunca.
Por suerte esta noche he abierto mis ojos y he comprobado que no sigo inmerso en un mal sueño. Estoy despierto y no duermo solo.
Comparto cama, sábanas y piel con la mujer por la que – esta vez sí – sería capaz de cualquier cosa.
Aunque las normas de la residencia son muy claras, y esté terminantemente prohibido, por fin puedo compartir mis ratos de insomnio con esa mujer que llevo amando en silencio durante mucho tiempo, y que la vida, al fin, ha preparado para mí.
Y es mi miedo a que todo sea falso de nuevo el que no me permite abrir los ojos.
Aleteando en mi nariz, como hacía cuando era niño e intentaba así alejar un escozor acuciante, acude hasta mi lado de la cama ese olor que ya es inconfundible porque casi es tan mío como suyo. Es este un perfume natural que nadie, mas que yo, es capaz de percibir y guardar…

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Acerca de josamotril

mi blog solo de relatos: https://josaliteraria.wordpress.com
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